Ya solo
en una habitación desgastada como el día
ni tarde ni noche sólo tiempo pegado a la tela de araña
rezó una sarta de palabras circulares
sin saber
nada excepto el cierto movimiento de las manos y los labios
Ya solo
en una habitación desgastada como el día
ni tarde ni noche sólo tiempo pegado a la tela de araña
rezó una sarta de palabras circulares
sin saber
nada excepto el cierto movimiento de las manos y los labios
La vi moviendo sus brazos
aleteando
subiéndolos y bajándolos pesadamente
como si estruvieran sumergidos en un fluído muy denso
Después los vi alzándose a lo más alto
ya libres del todo
envueltos en un aire limpio
arriba
acariciando la línea que separa lo alto de lo bajo
La vi
era una figura enorme
no podía ser medida con números humanos
la vi disolviéndose como si su cuerpo se desgarrase
y ya sólo fuera una hendidura
y yo un mero rastro de humo que la atravesase para llegar a un lugar desconocido
Cuando volví ella estaba presente y su cuerpo me dio miedo
Le pregunté si estaba allí
Respondió que estaba allí.
Entonces la miré de nuevo
y como era transparente vi a lo lejos un niño que lloraba y reía
agarrándose a la línea del horizonte
por donde el sol iba cayendo.
Volvíamos
De espaldas al sol en lo alto de una roca
mirábamos el incierto azul
las nubes y los árboles de dudosa existencia
nos mirábamos incrédulos
palpábamos en el otro la herida del pecho para sabernos
veníamos de la pasión y de la muerte
allí estábamos nuevos
resucitados
El pájaro cantó y entendimos el canto
miramos arriba
calculamos el viaje a lo alto
camino de la gloria
como la sombra de un pájaro,
oscura,
se ve la mancha tendida en el frío
en soledad de rocas y de hielo,
abandonada,
quieta;
el silencio suyo
agazapado en el pecho,
invisible,
los ojos cerrados,
llenos,
abriendo una a una
las páginas del infinito
Mira
lo que mis ojos ven desde la calma:
la ciudad y sus murallas, párpados de piedra;
escucho todos los silencios cantados para mi,
el grillo del verano, el pájaro de los tiempos,
el roce gastado de las horas cuando llegan
a la orilla del mar que me rodea;
me envuelve la blanca soledad,
la página posible donde los signos se crean
y el mundo nace cada día como una flor de primavera
No podía evitarlo, le daban ataques y levantaba las manos sin querer;
estiraba el hocico, hacía túneles oscuros con sus labios,
susurraba, caminaba despacio,
aunque sus hombros delataban un cierto desorden, era bella,
era una muchacha muy bella, algo asimétrica, si se la miraba bien;
hablaba de una forma un poco rara, decía cosas que, a su pesar, siempre golpeaban en en el pecho
de los tipos duros.
En los éxtasis amorosos, que padecía en la soledad de su guarida,
se iba, se desgarraba, corría entre las olas de un mar infinito, de un mar de aguas de ternura,
toda ella era entonces una ola de bondad haciendo playas serenas en este mundo;
una ola que limpiaba la arena de alambradas, de basura, de espejos rotos, de botellas vacías;
sus compañeros obreros no la entendían, le decían que se posicionase,
y los otros, los gestores, los amos, le tiraban piedras sin más;
le seguían los perros y algún gato solitario,
las manos huecas, que le colgaban de aquellos brazos alargados, signos de tanta belleza,
como si fueran plumas o cuencos de barro donde se guarda el agua que refrescará la boca de los moribundos,
acogían la bondad que se enredaba en los rincones olvidados,
después, con la ayuda de sus dedos, la sembraba, sembraba los granos de la bondad por toda la tierra,
limpiaba las playas,
hacía de los robinsones hombres alegres;
no podía evitar, sin embargo,
que le dieran aquellos estremecimientos innombrables.
Cuando rezaba para desprender la suciedad de las paredes de las casas donde vivían los hombres y mujeres de su tierra,
movía los labios y sus dientes tricotaban palabras recién nacidas, agujas de una extraña belleza, letanías inclasificables;
los que la veían sólo sabían del bajar y subir de sus labios
como si su boca fuese una máquina de coser que bordara una sábana de bodas para un príncipe azul.
Lo habían atado de pies y manos;
de eso, hacía ya mucho tiempo;
era un cuerpo empaquetado, las cuerdas resaltaban unas lorzas dignas de risa,
lo habían dejado en el rincón oscuros de la ciudad;
sólo algún que otro niño le pasaba el balón y él, como dios le daba a entender,
se lo devolvía, gesticulando una contracción muscular con todo su cuerpo, atado y bien atado.
Así pasaron muchos años,
hasta que un día la lluvia pudrió las cuerdas
y se pudo desatar. De esta manera, en una ceremonia privada,
fundó sus manos, fundó sus pies, su respiración, el girar, derecha, izquierda, arriba, abajo, su cuello,
expandió sus costillas como quien entona el himno nacional, respiró, tosió,
dijo: ésta es la mía, caminó, encontró en un nido de golondrinas colgado de un alero
el objeto de su vida,
decidió esperar cada primavera el regreso de sus pájaros,
los veía llegar de tan lejos, miraba sus trabajos, lloraba su marcha.
Decidió, a la vez, contar las lunas llenas,
escrutar la diferencia de los diversos blancos que las llenaban,
se mojó en el mar, una vez, dos, muchas veces,
hasta se hundió en las aguas y se bautizó, en una especie de comedia barata,
y se puso un nombre, y se dijo: yo soy.
Lo que nunca se atrevió hacer hasta entonces fue salir a la ciudad,
las calles le daban miedo, no soportaba la presencia de los otros,
son malos se decía, son muy malos, repetía para sí;
buscaba en su cobijo un trapo blando que le hiciera de madre,
y de padre, y le llamaba papá, y le llamaba mamá,
y le decía, cuéntame cuentos, enséñame a hacer amigos,
y un día el trapo de tanto escucharle aprendió a hablar y le dijo:
no seas gallina, sal, atrévete a comprar pan, a decir buenos días a alguien,
empieza por acercarte a los tullidos, a los ciegos del cupón, a los soldados, a las chicas de servir,
verás como te gusta, verás como les gustas,
y, de esta manera, se fue mezclando en la vida, el que antes no era más que un paquete, y ahora un suelto en el aire de los tiempos;
y aunque nunca olvidó su pasión por el vuelo,
por las golondrinas, y nunca dejó de esperarlas y de mirar su rastro en el cielo,
el tiempo se le fue de las manos,
y ahora quiere buscarse entre la multitud, entre el blanco de la niebla.
Lo que el enviado dice al padre una mañana en el desierto
Me has traído a un mundo demasiado grande,
sólo el desierto es un infinito que no alcanzo a distinguir;
entre tantas cosas pequeñas que encuentran mis pies se me van los ojos,
no sé porqué nos diste unos ojos medio ciegos.
No puedo escuchar el canto de la lombriz ni el susurro de la babosa cuando al fresco que hay cerca del pozo me paro a oler la tierra.
Ni las palabras que pusiste en nuestra pobre boca pueden mostrar el silencio
que me llega cuando veo a la amada acercarse desde una luz que no acabo de saber.
Así que déjame resucitar, no una sino muchas veces,
que sepa mi cuerpo distinguir el pan del vino, la carne de la carne, las manos de las manos,
y así, cuando de nuevo vuele, alcance a ver en cada ola el mundo posible donde no morirse nunca.