Miro las flores
no dicen nada
sólo están para que yo exista
Si no existiera
no habría flores
ni color
y el jardín sería un desierto transparente
Miro las flores
no dicen nada
sólo están para que yo exista
Si no existiera
no habría flores
ni color
y el jardín sería un desierto transparente
Había que construir el alma
la de los hombres
la de los pueblos
eso que se llamaba mundo estaba muerto
fue un albañil y su cuadrilla
quien tomó la iniciativa
pronto se sumó el herrero a la empresa
y el carpintero
y un guardia civil de paisano y fuera de servicio que se vio interpelado por la obra
y un abogado para pasar lista a los trabajadores
y un sacerdote epiléptico y desnortado en busca de un recuerdo perdido
y un poeta
y un filósofo que se encargaría de limpiar los cristales
los rumanos cobraban menos pero ayudaban con sus paladas llenas
y los negros que sonreían siempre y daban de comer a los pájaros testigos
había que construir el alma
no había planos
un ingeniero buscó en google algunos datos y nada halló
salvo encíclicas pasadas de moda y que estaban fuera del ámbito de la ciencia
alguien leyó un poema menor
de amor
y encontró un camino que pronto desembocó en un solar vacío
todos seguían manos a la obra
el alma estaba arriba
en la frontera del infinito
creían
como el tejado de la torre de babel
pero no hubo confusión de lenguas porque el silencio era la condición
y así el alma se fue haciendo
empezó de la nada y fue haciéndose una nada cada vez distinta
una nada necesaria
era la obra de todos los que trabajaban mirando arriba
a un final que nunca llegaba y les daba la mano.
Hubo un tiempo donde el sol era eterno;
la luz estaba clavada en las aceras,
las esquinas, como pirámides de Egipto,
eran testigos del tiempo venturoso, detenido;
y cuando un joven se sentaba a esperar lo que el día le trajera
veía pasar a Hércules, al lloroso Boabdil y a un blade runner desnortado;
los cigarrillos despedían un humo que venía del paraíso
y corría despacio al final de los tiempos;
los labios no se movían, pero de un rezo secreto salía
su nombre, y ella venía en una cuerda de aire,
haciendo equilibrios con sus caderas de colores;
la cueva de la noche no existía,
sólo había tabernas y cafés donde los pies volaban raso
por encima de la espera gozosa,
del triunfo de la luz, que era nada,
al lado de las cosas.
Con toda humildad pido justicia,
clemencia, una mirada dulce,
un manto de incierta gloria
sobre mi estrecha espalda.
Pido que,
ya llegado el tiempo del olvido,
borrados para siempre mi pasos
y los rastros de los olores del hombre,
alguien me rescate y diga en asamblea:
no era Miguel, era Jorge Luis Borges,
era Bolaño con barba de tres días,
era Sebald, un poco taciturno, mirando estampas, tejiendo el mundo que nunca debería ser olvidado,
era Thomas Mann rodeado de hijos, atascado en el portón de la historia,
era nada menos que Wolfram Goethe en pleno éxtasis, cruzando enloquecido por una sirga a cien metros, o más, por encima del Olimpo, gritando “lo que pasa es que no me alcanzan los ojos”,
era José Ángel Valente hablándole de letras,
contándole que un día la poesía en carne mortal le había sacado la lengua
y que durante un instante la atrapó entre sus dedos y la miró dulcemente,
la hermosa y burlona lengua de la poesía.
Que lo digan de una vez:
no era Miguel, era cada uno, y todos, de los otros
llámenlo por su nombre verdadero;
es cierto que en sus manos y en sus ojos se hacían más borrosos esos hombres,
se hacían una mancha,
una mosca volante
hecha de Borges, de Bolaño, de Sebald, de Mann, de Goethe de tantos que no dudaron en tirase al asfalto de la gloria.
Ese que vuela no es Miguel,
diréis, ¿no veis que su pico es de hierro?
Él es nadie, y apenas se le ve;
quiere no estar, y ser aquellos a los que nunca besó.
Si nada se destruye busca entre el candor
el momento cuando unas manos tuyas
me llevaron a cerrar definitivamente los ojos
para ver lo intrincado del mar que tú sabías.