Cuando llegó no había nadie esperándole.
Era una plaza vieja de casas de pueblo y algunos árboles bastante polvorientos
y era el calor anónimo de un día triste.
¿A dónde ir?
Una fonda le salvó.
Allí murieron sus pasos y él también.
Cuando llegó no había nadie esperándole.
Era una plaza vieja de casas de pueblo y algunos árboles bastante polvorientos
y era el calor anónimo de un día triste.
¿A dónde ir?
Una fonda le salvó.
Allí murieron sus pasos y él también.
Después de la batalla
los cuerpos sonreían
los combatientes se habían ya marchado y sus cuerpos sonreían
a nadie le importa dónde estarán ellos
si brindando por la victoria
si brindando por la derrota
si sujetos para siempre al paisaje que vieron sus ojos el día de fuego
Cien años vivió en una ciudad que se llamaba La delgada línea roja del miedo,
una ciudad oscura donde el sol mentía cada mañana.
Eran millones de personas afanosas, ufanas, ocupadas, espesas de conciencia que leían libros esdrújulos y largos.
Allí no había ojos que mirasen a la cara ni caras que tuvieran ojos donde mirar.
Un black friday ofertaba un viaje a otra parte, una escapada tirada de precio,
y alguien se fue de allí.
Vino aquí.
Aquí es otra ciudad con las luces difuminadas donde los espejos no engañan a una confusión necesaria,
las manos llevan a las manos y los labios esperan.
Todos aquí tiene sed.
Una vez, en eso todos están de acuerdo, bebieron de la fuente
y ahora no paran de buscar la última gota que guardó su lengua.
Por la noche se escucha la respiración del otro como una promesa
y se cantan canciones del paraíso que solo la espada roja al amanecer corta en dos
y entonces caen las partes -como lluvia de una música lejana, como una nana-
en el suelo de Aquí, brillante, que sostiene los pasos indecisos de los que quieren vivir.
Caminando al ritmo de las voces
que van y vienen a perderse en los oídos
distraídos, en este tren que nunca llegará,
flotando en alfombra de humo y piedras,
tú y yo, nosotros, apostados en un banco de madera de cedro
sin ojos, no llegando nunca
ni aquí ni allá, tan solo escurridizos,
las ventanas corriendo a un palmo de la cara
del paisaje que se borra,
el ruido que emborrona los oídos como una mancha de humo;
no hay estación término, me dices,
el tren no morirá. Y salimos a las avenidas
de los pasillos de suelo de piedra,
y los cuerpos tiemblan; no se oye
lo que dices, no te entiendo, me dices
el humo de las bocas se va quedando atrás;
movemos las manos, casi tocando los árboles.
¡Qué felicidad, haber nacido para el viaje!