ELLA
Era tan pobre que solo
tenía una casa vacía. Solo tenía el vacío que alojaba aquella
casa vacía. Sin embargo, ella sabía muy bien que ese vacío era
inabarcable, difícil de controlar, imposible vigilar sus límites,
heroico el defender sus fronteras. Así que tuvo que dedicar su vida
a esa tarea imposible. Era muy pobre, sin embargo estaba obligada a
administrar una hacienda que tendía a ser infinita. Un gramo de
vacío es un océano, se decía a sí misma. Aunque, en realidad, no
se decía nada a sí misma. O si se lo decía (nunca hablaba a los
demás) lo hacía con hechos consumados; padecía un lenguaje hecho
de cosas, de objetos macizos, de actos sin marcha atrás.
Los que la rodeaban, su
familia, sus vecinos, sus colegas, la gente del mundo, en definitiva,
la veían como a una mujer rara, inclasificable, intraducible. Su
cuerpo era hiperreal y sobresalía del aire, y del entendimiento, de
una forma ofensiva y sensual. Producía una excitación insultante y
una ternura que debía ser reprimida al instante. Nadie de los que la
veían eran conscientes de la confusión que les producía su
presencia, del desorden eléctrico a que eran sometidos solo con
verla. No eran conscientes. La gente, al verla, cerraba los ojos, o
escupía imperceptiblemente, o le daban la razón sin escucharla. Sin
escuchar el soliloquio de sus labios apagados.
Ella defendía el vacío.
Había aceptado encomendarse a recogerlo, a ordenarlo. Antes, había
tenido, cuando apenas era una niña, un novio que, perdidamente
enamorado, se esfumó muy pronto, ardido de unas llamas extrañas, se
fue, se fugó, murió. Así fue como ella comprendió que el vacío
era una patria obligada, y que bien pudiera ser que contuviera
potencialmente todo, y que, en ese caso, ella, hecha una demiurga
enloquecida, se viera obligada a emprender una nueva creación.
Cerraban los ojos, los
otros. Sus ojos, los suyos, no veían sino la alucinación que
marcaba su destino: su trabajo infinito. Su cuerpo exhalaba un
perfume que perturbaba cualquier posibilidad de paz.
Si la abrazaras, ella
trazaría signos con un arma imaginaria (dura como el cristal de un
espejo roto) que vendría a recordarte que no eres nada, nadie, o
que, en otro orden de cosas, eres un monstruo que quieres invadir su
territorio y aniquilarla para siempre.