
BELLEZA Y BONDAD
Prólogo
Sí,
hay que estar en buena forma para tratar de algunas cosas, para
tratar de la cosa que voy a tratar, en buena forma literaria,
gramatical, conceptual, aunque, ahora que lo pienso, no creo que sea
necesaria la literatura, ni la gramática ni los conocimientos para
tratar de temas que nada tienen que ver con lo común, con lo
comunitario según se suele entender a día de hoy, de manera que me
desdigo, en parte, y reitero que hay que estar en buena forma para
arrancar a escribir de lo que voy a escribir, hay que estar un poco,
no mucho, poseído por un orgullo infantil que te hace creerte
alguien, como un torerillo de pueblo en la plaza, asustado y listo
para el sacrificio, esto es, para enredarse en lo ridículo, en lo
insustancial, en lo que hay que estar enredado si no se quiere morir
en balde.
Aunque
acabaré hablando de lo que quiero hablar, y como no se habla sin
mentir, sin exhibir la debilidad, sin agachar la cabeza, ya les digo
que lo que de verdad pienso y callo es que no se puede hablar de algo
sin que le salgan a uno los colores, poniendo en evidencia su
incompetencia y su arrojo, pero es ahí, de esa mezcla de
incompetencia y arrojo, de donde puede brotar una idea que de la nada
a la nada construya algo, un ruido, un humo, una mosca volante que
haga distraer el curso de los pensamientos y lleve, subliminalmente,
al conocimiento de lo oscuro, es decir, a la suma de todas las
desconexiones. A las lindes de la belleza.
Que
nadie me crea un alma bella, pues no soy un vendedor de crecepelo ni
un sanador de pueblos extraviados, las almas bellas se consumen en sí
mismas y de su fuego no sale fuego, arden en un incendio no de ardor
sino de letanías, blancas palomas de la paz, de manera que para
encontrar la forma que voy a necesitar para tratar de lo que pronto
hablaré, voy a arrebujarme junto a unos pocos santos de mi devoción,
artífices de la desconexión y, en consecuencia, de lo único que
puede llamarse arte y bondad, así que doy la mano a Robert Walser, a
él me encomiendo, y comparto el silencio de sus pasos entre el
desdén de los locos a un mundo tan lejano, escucho sus pensamientos
y observo la línea que va desde el barro nevado que fue su última
cama hasta un cielo difuso y algo dolorido,
la
paz de Walser aún se enreda en los ribazos que sus paseos rápidos
construían sin descanso, y el mundo de Walser me recuerda al que se
respira en las casas de Ingmar Bergman cuando los pastores de almas
hablan de los logaritmos matrimoniales y todo pasa en una esfera de
niebla, orden y contrición, adoro los márgenes que dejan en paz a
los que buscan dejar de ser pensados, de pensar en definitiva, que
buscan oler en una paz privada e infinita la flor que olieron cuando
aun no sabían distinguir la mierda del incienso, y también me
encomiendo para robarle su fuerza a László Krasznahorkai quien me
mostró cómo proceder a la limpieza de pensamientos mediante
técnicas depurativas de evacuación intelectual, es él quien mejor
baila el tango aun siendo satánico, quien mejor coloca el espejo en
blanco y negro que le regaló a Bela entre los perros que beben del
barro, lo mismo que nosotros, gracias, gracias a los muertos y al
vivo quienes me han dictado al oído lo esencial de lo que voy a
hablar, la bondad y la bondad y su relación con la belleza, y la
represión de la bondad y de la bondad y la belleza reprimidas y de
las causas del dolor y de la felicidad, es decir de la desconexión
como forma de verdad y coraje.
Uno
El
funcionamiento de la psique se basa en la represión de fuerzas
materiales, la sexualidad, la hostilidad, ya que es esta represión
la que construye el síntoma, y los síntomas forman eso que llamamos
conducta o simplemente vida psíquica. La represión, en el sentido
freudiano, hace del sujeto humano un animal marcado por la letra,
herido de muerte y de saber, pero listo para vivir sobreviviendo,
para crecer para multiplicarse como dios ordenó, situado para
siempre en las afueras de la realidad animal, sin hábitat natural,
nombrado con un nombre que actúa como tatuaje para diferenciarse
cuando no pare de mentir, de hablar, por su acobardamiento, por el
temor que padece, como cualquier ser vivo, pero que tendrá que
justificar y negar, lo cual es una carga mayor que la que soporta un
animal no hablante. En definitiva, la represión funda lo humano y,
en consecuencia, hace posible también que distingamos la bondad y
la belleza entre las otras cosas que existen o no, pero que nos
conciernen absolutamente, porque la bondad y su correlato que es la
belleza son productos inexistentes en la realidad, que no podríamos
rencontrar y nombrar
si no existiera la represión, que es lo que nos sitúa en algún
lugar del mundo.
Hablar
de la belleza es lo mismo que hablar de dios o del alma. Son cosas
que, como ya he dicho en otra parte, sólo están en el conjunto de
las cosas que no existen, en la inexistencia, en eso siempre
presente, gracias, gracias a dios, en nuestro universo, pues sin
existir crean efectos, y síntomas, en los sujetos que existimos.
Dos
No
se puede conceptualizar la belleza, la belleza es lo radical y nos
advierte que los conceptos son pre-conceptos banderas de impotencia y
de impostura, de fatuidad y de inanición. Sólo si se confunde
belleza con perfeccionismo, excelencia, éxito, eficacia puede
hablarse de concepto, de estructura, de plan de desarrollo para
realizarla, pero la belleza no es aquéllo que se dice que es de una
ecuación matemática, de una máquina eficaz y sorprendente, o de
una ciudad enmarañada, ejemplos de logro, tenacidad, concepto y
éxito y en todos estos casos se huele a muerte, a precio pagado en
sangre y sufrimiento, en algunos de manera atroz y en otros no
tanto, porque la belleza no puede ser sino una aspiración, un
progreso, una obra de iluminados concebida no para arrepentirse de
ser humanos harapientos sino para desconectarse de esos harapos, para
hacer de la represión, de sus efectos, no un síntoma que solo
sirva para funcionar en la vida sino también para aspirar, sólo
aspirar, al paraíso.
La
belleza aparece desde lo real y anonada al sujeto, desposeyéndolo de
sus atributos que imagina que le da consistencia, de su yo, de su
soberbia, de su aparato conceptual necesario para sobrevivir, a veces
en contra de la vida misma.
La
belleza se aparece desde lo real-real, desde lo no nombrable a pesar
de los nombres, desde lo inesperado que existe al acecho sin saber
quien mueve los hilos que lo articulan. La belleza nos llega, no se
fabrica desde la mente, más bien la ciega como una luz insoportable
y le lleva a mirar de otra manera que no es la propia de sus
identidades, porque la mente no es la suma de identidades, sino la
capacidad de ser iluminada por la belleza que viene de lo otro.
La
belleza es la posibilidad del milagro, de una epifanía que revele en
el conjunto de las cosas que existen en la realidad otra cosa, una
cosa reacia a la
conceptualización y a la ley. Es por ello por lo que su correlato
automático es la bondad, es decir, aquello que se resiste al
imperativo de creer sólo en lo que debe existir. La belleza y la
bondad sólo creen en la belleza y en la bondad, y en las cosas que
sólo existen en ese conjunto infinito de la inexistencia.
La
belleza aparece al que está desnudo y lo leva a otro lugar
impensable y lo deja mudo y es de donde los genios sacan ese material
con el que paso a paso construyen su obra.
Tres
La
bondad es la condición para que un ser pueda existir, es decir, para
ser siendo algo que busca y aspira, es el barro originario de nuestro
organismo.
Es
el único requisito para existir, para seguir en el éxodo de la
busca de no se sabe qué. La bondad excluye el relumbrón del yo como
bandera de uno, como diferencia y termómetro de valoración, el
bondadoso se entrega en carne viva a lo otro, a lo real del otro, sin
piel, sin banderas, sin ideología, sin ideas, sin casi pensar,
perdiéndose en el encuentro, a diferencia del goce, que conlleva una
ganancia material, un interés, un plus curricular; el goce es el
capitalismo de la existencia.
El
yo tiembla en la lucha entre las pulsiones de vida y de muerte. Y
como la bondad excluye la dialéctica, la razón, la lucha por el
poder de la razón, se opone a lo que se considera eficaz y por esto
la bondad no tiene en cuenta lo que se precisa para sobrevivir en
nuestra realidad La bondad no es un ingrediente de los kits de
supervivencia, con la bondad no se va a ningún sitio y si quisiera
representar al sujeto que se encuentra con la belleza lo haría
trayendo la imagen del tonto que se resbala y cae ante la gente
formal que no para de reírse de tan graciosos resbalón. (1)
La
bondad es un momento mítico: el encuentro de un sujeto con algo (la
belleza presente) le desata de esa dialéctica vida-muerte y le lleva
fuera de sí, es un momento de absoluta fragilidad, de ser casi nada
pero de ser con plenitud, un momento pues contrario a lo que la
supervivencia exige.
La
belleza, la bondad no se encuentran en las proclamas de los grandes
fines que pretenden cambiar el mundo, pues, como es sabido, lo
primero que necesitan tales proclamadores es un buen equipo de
carceleros y, con frecuencia, de exterminadores y torturadores, y la
necesidad de estos especímenes es directamente proporcional al grado
del “bien” al que dicen aspirar.
Cuatro
La
bondad habita siempre el corazón de lo humano y como se necesita no
sólo la existencia sino la supervivencia, la bondad debe ser
reprimida, para que el animal humano continué la expansión
contraria a la esencia de la bondad que, en la radicalidad de lo que
es, llevaría al ser a la desconexión definitiva.
El
síntoma resultante de la represión de la bondad es el amor y en su
progreso de socialización ordena cuidar a los semejantes, pero
siempre bajo los imperativos de esa ley que organiza por encima de
cualquier cosa la supervivencia, lo que hace posible que el síntoma
amor pueda ser un horror resultante de los sucesivos refinamientos de
lo social, de lo aceptable. Porque sobrevivir implica aceptar lo
horrible, lo insano, lo inmoral como compañero de mesa.
El
amor contiene las pulsiones y los dictámenes, guarda señales del
ancestro de la belleza y, a veces, afila los cuchillos pues no olvida
tampoco su conexión con la pulsión de muerte.
El
amor está en el conjunto de las cosas que existen, aunque pueda
amarse tanto a un objeto existente como a otro no existente. Y su
origen es siempre la belleza cuyo referente es el milagro, el
acontecimiento.
La
bondad pulula escondida entre el dolor por no ser lo mismo que
creemos ser. La demanda social exige al sujeto refinar la represión
de la bondad que se esconde en cada uno, reprimir la bondad para la
exigencia de la supervivencia y es función y deseo de cada sujeto
regular la obediencia/desobediencia a ese imperativo para que la
fealdad no encharque todo con sus fluidos de muerte, para que algo de
la belleza, hecha síntoma/ amor no deje de extraviarlo.
Nota
(1)
La bondad supone un sujeto vivo pero absolutamente desnudo, frágil,
lo más cercano a la inexistencia, lo más vivo/vulnerable que pueda
ser un ser.
El
sujeto que debe sobrevivir, no queda otra, tiende a la estabilidad, a
la posibilidad de ser nombrado, de ser alguien y no se libra de ese
aroma mortuorio que señalaba Lacan cuando jugaba con las palabras al
repetir tu es, tu es (tué, tué)