La
realidad es el conjunto desordenado de las cosas reales.
La
realidad es la relación entre las cosas reales y los efectos de esas
relaciones.
La
realidad es la posibilidad inexorable de lo impredecible.
Aunque
lo que sabemos de la realidad no es más que un relato que se hace de
ella. Una aproximación censurada, mutilada.
Aceptamos
la realidad porque se nos presenta envuelta en ese relato que la
hace, si no comprensible, soportable.
Lo mismo que ocurre con una
pintura brotada del corazón del inocente que, convertida en un
cuadro, pasa de ser un objeto sorprendente/insoportable a un
discurso que sólo sirve para que el espectador, indiferente, aupado en sus supuestos saberes, parlotee de él.
La
realidad supone una brecha, un hiato, una cesura, entre las cosas
reales y sus relaciones y el relato que se hace de ese conjunto.
La
realidad supone una tensión entre esas dos cosas. La cosa de la
realidad y la cosa del relato.
La
realidad viva, la que está más allá del relato, es lo insoportable
para el humano.
La
realidad es lo insoportable para el animal humano.
Y
cuando éste pasa a ser un sujeto (del lenguaje), distanciándose del
animal, está a punto de domesticarla, de hacer de ese material
insoportable formado por el desorden de las cosas reales, un relato,
como tal pergeñado, dictado y establecido por una pirámide de poder
encargada de que la llamada realidad sea otra cosa que la cosa que
es, que sea una cosa alejada de lo insoportable, del cambio
constante, de lo impredecible.
La
realidad, de esta forma, no está reprimida, en el sentido freudiano,
sino escamoteada, al ser convertida en una mera narración.
La
realidad convertida en un relato se separa de la realidad entendida
como el conjunto de las cosas reales y sus relaciones y efectos de
ellas.
Los
totalitarismos crean un relato de la realidad adecuado a sus
consignas que sustituyen a la realidad y sus relaciones.
Los
totalitarismos prohíben asomarse al exterior de ese relato bajo pena
de muerte, de exclusión o de destierro.
Y
prohíben asomarse al interior que es la realidad del propio sujeto.
Las
ideologías son la munición de los totalitarismos.
Esa
segregación de la realidad crea el terror y el pánico. El pánico
como arma de guerra: sólo estarás libre de ese miedo si vives
dentro del relato establecido de la realidad. Mirar la realidad,
dentro y fuera, es encontrarte con el terror.
Se
odia la realidad cuando no coincide con su relato. Entonces, se
desplaza. Se deja en un lugar/lazareto para que nadie la mire excepto
los locos, los santos y los poetas.
Pero
se puede vivir en ese terreno vacío que diferencia la realidad de su
relato.
Se
puede vivir en lo impredecible.
Ese
vivir es el único vivir.
La
operación de narrar la realidad para hacerla soportable tiene su
origen en una convención: la separación de esa realidad y del
sujeto que la percibe.
Realidad
y sujeto humano no son cosas separadas ni distintas:
La
realidad interpela al sujeto humano y le dice, a la fuerza, que él
también es una cosas real.
El
humano padece constantemente los efectos de las filtraciones entre
uno y otro polos de ese par. (1)
El
esfuerzo totalitario de construir un relato omnisciente de la
realidad elude lo más evidente y perturbador: que el sujeto humano
es también una cosa real y no un mero capítulo de los extractos
teóricos que arman la ideología de ese sistema que crea el relato.
Esos
sistemas no soportan el desorden, propio de la castración que
habita y conforma al sujeto humano, antes animal humano. Siempre
animal humano bajo la vestimenta del lenguaje
El
lenguaje transforma al animal en sujeto y hace de éste una palabra
en la explosión continua, expansiva y mística de ese lenguaje. Pero
además sirve a propósitos censores cuando fabrica identidades que
pretenden liberarlo de la insoportable realidad.
En
este caso, el sujeto humano va a morir después de haber estado
embalsamado durante toda su vida, sin haber conocido otra cosas que
lo que su identidad le ha permitido percibir.
Morir
entero, compacto, conformado incluso con una medalla en el pecho o
entre himnos que no lo separen del buen camino ni en el trance de su
desaparecer.
Morir
viviendo en el engaño de no saberse herido.
Nadie
puede negar el peligro que conlleva vivir, aunque sea ocasionalmente,
en ese margen entre realidad y relato, con el cinturón de la
identidad desabrochado, viajando en la onda expansiva del lenguaje,
en el desorden de una búsqueda sin propósito confesado, en ese
camino de accésit y conocimiento que no es otro que el de acercarse
sin (casi) mediación a la realidad, puro fuego y vacío,
De
vivir, o mal vivir gozosamente, en esos márgenes, sintiendo el
vendaval de las tensiones que generan la realidad y sus relatos.
(1)
Freud
trató de esto al hablar de lo siniestro (unheimlich) como lo otro
de lo familiar (heimlich).
Lo
siniestro sería la aparición de lo real a través de los filtros de
su relato.
Se
trata de la percepción disruptiva, inesperada, incómoda de un
objeto que aparece como sutilmente amenazante donde sólo hay un
objeto considerado como familiar.
De
esta forma, presenta el inconsciente como boicoteador del relato
establecido de la realidad y como fundador de lo subjetivo, entendido éste como la forma
más real de asomarse a la realidad.
Lo
subjetivo como un desengaño del poder.