Felicidad
en el actual mercado de ideas no es un concepto, es sólo una
palabra/envoltorio sometida, por lo tanto, a los ordenamientos de los
funcionarios y vendedores que quieran utilizarla para seguir
triunfando en sus afanes.
Hay
partidos políticos que hablan, en el horizonte patibulario de sus
programas, de felicidad, de felicidad y de pueblo feliz y hay
numerosos artefactos publicitarios donde se predica que la felicidad
está al alcance de quien quiera invertir treinta monedas de plata.
La
palabra felicidad está sujeta a la política parlanchina, a la
economía. Y, sin embargo, hay más, hablando de felicidad.
En
la organizada ciudad, felicidad es adaptación a los ordenamientos
que lo social impone. Todo está medido. Las risitas felices, los
gemidos felices, la caída de ojos, el resplandor de los dientes et
tout cela. Felicidad es orgullo por el éxito obtenido en la
operación de adaptación a esas exigencias. Se es feliz como se es
pijo, hay que alcanzar unos requisitos de buen gusto,
aunque milites en el progresismo que dicta el sentido común de lo
correcto.
Hay
otra felicidad donde una explosión, el amor que tiende a la
aniquilación de cualquier orden, por ejemplo, rompe los esquemas de
las dos coordenadas.
La
felicidad como adaptación se mira en el espejo y retoca el
maquillaje ciudadano para gustar y ser gustada. Enfrente, la
felicidad del extravío, que se las tiene que ver con el sufrimiento
y con el pánico que lleva consigo asomarse al éxtasis.
Pues
esta felicidad exige sacar la cabeza al exterior extremo, donde el
silencio hace callar, y llenarse la cara de carbonilla.
Me
gustaría saber qué felicidad, cuerda y desvencijada, embargaría a Dali cuando
indagaba sumergir el Angelus de Millet en un barreño de leche,
preguntándose a través de sus delirios si debía sumergir el
cuadro por el lado del hombre o de la mujer.
Pues sólo un estado de felicidad permite arriesgarse a ese trabajo.
Pero
que sais-je?.
Es
difícil saber de la felicidad, de la propia o la del otro, porque,
hablando de la felicidad de la explosión y el extravío, nada
es lo que parece.
Cuando
de muy joven encontré los libros de la colección que sais-je?,
descubrí la breve felicidad de saber un poco más cada vez que
leía uno y, sin ser apenas consciente, comprobar, casi al
mismo tiempo, que la ignorancia es un pozo sin fondo que crecía y
crecía con cada lectura.
Que
sais-je? Que ese abismo sin fondo de la ignorancia es el lugar
donde viven los que dicen no saber sabiendo.
Hay
monedas de curso legal con las que se compran las cosas que ocupan
lugar, las que alimentan la felicidad adaptativa del espejo, del
brillo. Y monedas falsas, perras gordas negras como los dedos pobres
que las acariciaron, chapas de gaseosas chafadas en las vías del
tranvía del barrio con las que se puede invertir en otra felicidad
que no tiene
números que la contengan.
Imagino
una película que contara cómo es el transcurrir hacia la felicidad:
un largo travelling por un túnel en penumbra, o por una calle
crepuscular y más bien pobre, unos faros iluminando rincones donde
aparecen cosas horrorosas y cosas muy hermosas, manos enlazadas,
gentes que se levantan ante el que, creyéndose amo, les quiere
arrebatar su nombre y su vergüenza, manos que pintan, que escriben,
que rezan cuando no saben que hacer con el dolor que las rebasa, una
película que avanza hacia una luz que no se acaba de ver, que sólo
cada espectador sabe si existe.
Ahora
mismo llamaría al Stalker de Tarkovski para que me llevara de la
mano a ese viaje, aunque sé que tanto valor para arriesgarse a ese
mirar sólo lo tienen unos pocos iluminados, santos de la luz, a los
que admiro y agradezco que no abandonen los rincones perdidos y
hallados del mundo.