uccelli fritti (*)
Ese día se levantó el pistolero de aquella Texas empobrecida con ganas de escribir. ¡Papel, papel!, gritó. En la página blanca garabateó su firma, una línea que parecía una nube rodeando su apellido, y a continuación, como si hubiese cogido carrerilla, ya curado de su fobia al vacío gracias a la aparición de una contrafobia revolucionaria, escribió:
de paso, Pasolini, oliendo los meados puberales como si fuera un fraile benedicto,
pues santo era ente los marginales,
escribió un largo poema dedicado al amor, a la vida,
a la substancia de ser un cuerpo entre los cuerpos y, a pesar de ello, saber
respirar un aire que nadie antes había entendido como él.
De paso, Pasolini enseñaba los dientes y le confundían con una hiena
matacuras,
y sólo era que sonreía al joven obrero que iba a darle gusto
y al que enseñaría el sentido de la vida.
¡Ve y vuelve!, repetía el artista,
no dejes de ir, no dejes de volver, mira y recupera tu primera casa,
decía Pasolini, de paso que estaba en este mundo.
¡Dispárenme todos a una!, gritó, arrebatado como un pobre muchachote,
y fue así como le conocí una tarde, cuando, de paso, Pasolini se sentó en un banco, desenvolvió el bocadillo de su papel de periódico
y echó las migas y las letras a las palomas
que no dejaban de corretear entre la sombra.
(*)
Esta entrada ya fue publicada en esta misma página el 9 de mayo de 2022. La reproduzco tal cual, excepto la añadidura de esta nota, pues en su día pareció ser transparente y ni siquiera los pájaros sacrificados tomaron en sus picos una pizca del amor y del dolor que estas letras quisieron contener.
Pasolini




