Roberto Bolaño
6
AZAR
(*)
Ese
hombre me miró a los ojos.
Me
preguntó porqué hablaba solo.
¿Eres
tonto?, me dijo.
De mi
bolsillo interior saqué unos versos bárbaros y místicos
y los
dicté a su cara, mascando un chicle y su dulzura.
¿Cómo
te llamas?, me atreví a decir.
Y se
fue con pasos largos y minuciosos.
(*)
La mística desbarata
el trabajo de las zonas erógenas. A través de ellas circula el amor
hecho carne, la carne deshecha en el amor, la tristeza cuando se
fragmenta en chispas de dolor en medio de la noche oscura del alma.
Las zonas erógenas
contienen, retienen, canalizan ese gozar con el fin de que el éxtasis
no destruya al organismo que lo padece.
Pero la mística es el
desbordamiento y hace del sujeto arrebatado un loco deshecho y
fragmentado.
Al hombre que sale en
el poema, aunque esto no aparece en el texto, le dije que estoy
escribiendo un tratado, breve, sobre la agonía de la Mística y las
Zonas Erógenas. La conclusión, que es también el punto de partida,
porque el trabajo es circular y no tiene ni principio ni fin (ni
principios ni finalidad) resulta obvia: la mística no es sino la
escritura de un lenguaje que goza y se desborda de sus normas, que
hace que la sintaxis se convierta en un runrún silencioso parecido
al estertor y al gemido.
La mística aniquila la
función correctora de las zonas erógenas que permiten un goce
prácticamente inocuo.
Sin embargo, la ruptura de la mística del ordenamiento de los seres, de su unidad, no digamos de su identidad, es transitoria, aunque no deje de ser una explosión, porque el fin y la sustancia de la mística, acercarse a un
Otro infinitamente grande, hace que el sujeto se reduzca, incluso que
desaparezca y que su desvarío se quede en nada, en la nada.
La mística, tras el
desbordamiento que provoca el lenguaje furioso que goza, vuelve a
recordar al sujeto su condición de menor y le señala la nada como
su casa, la humildad como su uniforme de gala y sus pancartas.
Las zonas erógenas no cesan de cumplir su función, sobreviven al goce, preservan al organismo para que viva, mientras que el efecto de la mística, el goce del lenguaje, reduce para siempre al sujeto que intentó deslizarse por la cresta de sus olas, lo hace nada o un escondido entre los otros.
Busco, más allá de la
ciencia que sustenta mi trabajo, el dedo de san Juan que me señale a
donde mirar para (no) tropezar con ese hombre que me miró a los ojos.