Salta el agua,
es una lluvia anárquica
apocopada, muda, sin sentido,
parásita de la luz sobrante,
desprendida del verano
en el exceso vive ese brillante
escarabajo,
casquinoso, embetunado, negro,
espantosamente cóncavo,
muriendo del revés, haciéndole la
burla
a dios con sus tres pares de patas
si una gota de esa agua cayese en el
ocelo
sería el fin del mundo:
aquel abuelo, que detrás de la verja
de la residencia de ancianos,
hablaba a través de su móvil con su
hijo,
diez metros más acá, en la calle,
en plena vida civil,
hubiese volado por los aires
que olían a cianuro y a
exterminio
mío es el tiempo,
decía el viejo a
su hijo,
aquí en la vagoneta que tarde o
temprano
me llevará de nuevo a Polonia,
hago cruces con mis horas del
pasado,
¡qué voy a decirte que te haga
feliz,
hijo mío, hijo de mis sueños!
No olvides de ponerte tu máscara
cívica,
debes saber que te obliga la ley,
y vete,
que yo aquí paso las horas mirando
las cuentas
del rosario
de las horas vividas,
y les saco brillo y, así,
trenzo una geometría que nunca
podrás entender,
y que será la que me lleve a las
puertas del cielo
el huracán vuelve
del derecho
el corpachón del
escarabajo,
brilla una ventana
de luz
por un instante
aparecida en su
casco transoceánico
hecho de la misma
dureza del brillo del agua,
y después de lo
que pudo haber sido
el fin del mundo,
vuelve la tarde, su
temblor,
sus ansias, el
crepúsculo,
y todo lo nuevo
se desvanece en mis
manos