El sospechoso
Era un caso extraño. Si bien pasó por
todas las pruebas de acceso a lo social, superó los exámenes de
grado, le tomaron las huellas cuando obtuvo su primer carnet de
identidad, acabó sus estudios superiores y lo licenciaron sin más
problemas cuando terminó su servicio militar, todo el mundo, aun sin
tener plena conciencia de ello, sabía que era un tipo raro. Incluso
él mismo intuía lo raro que habitaba y cada vez que el médico le
ordenaba un análisis de sangre, tenía la sospecha de que iban a
encontrarle en el centro líquido de su ser algún elemento
desconocido que descubriera el pastel de su rareza.
Profesionalmente era un hombre
entregado en cuerpo y alma a investigar lo extraño en lo cotidiano,
la excepción en la vulgaridad, el silencio en las voces alzadas, la
locura en las caricias, en los telediarios. Lo extraño de la vida le
interesaba y se le daba bien, aunque nunca llegara ni siquiera a oler
algo del auténtico guiso de lo realmente raro.
Ese hombre raro buscaba lo raro y lo
raro se le resistía inexorablemente.
Pasaron muchas años antes de que
redactara su primera tesis sobre lo raro y lo extraño en el mundo
cotidiano, donde defendió la idea de que lo real es lo raro. “Raro
es lo que, tras ser definido con los conceptos racionales
impecablemente aplicados, mantiene un algo que le hace sospechoso a
los que lo han definido”, escribió. Lo raro, decía, es que una
piedra sea una piedra. La piedra muestra con su extraño idioma, el
idioma de las piedras del que todavía no tenemos ni idea, la rareza
absoluta que es ser una piedra. “La piedra, como ejemplo de lo
real, es lo raro en la indiferencia.” Lo que no sabemos resulta
raro, sospechoso.
El caso es que nadie se interesó por
su trabajo, nadie lo leyó siquiera y al cabo de dos meses de su
publicación, la editorial liquidó los pocos volúmenes que
componían la edición y poco a poco se fueron disolviendo en la
anomia por algún almacén de los últimos traperos que pululan por
la vida. Sus allegados, a partir de este acontecimiento, empezaron a
confundir su rareza con el supuesto desengaño sufrido por su fracaso
editorial e intelectual y una cierta compasión los acercó al que
suponían un fracasado, quien, mire usted por dónde, supo disfrutar
de esa proximidad ganada con el epitafio de lo victimario. Pero eso
fue, como es de suponer, un consuelo pasajero, engañadizo destinado
a la disolución. De manera que pronto fue el raro de siempre y la
soledad volvió a corroerle sus huesos a pesar de que su trabajo
continuaba y de que, con frecuencia, era llamado para que resolviera
los conflictos del sentido común con ciertos bucles de extrañeza
que se enredaban alrededor.
Es verdad, se dijo un día a sí mismo
en una tarde de soledad, que yo resulto raro no porque sea más raro que los demás, sino porque no
puedo engañarme creyendo que el mundo y lo raro son cosas distintas,
que eso sea una anécdota que pueda ser escondida en un pie de página.
Así que, siguió diciéndose, ya casi
al borde de la flatulencia dialéctica, “yo soy el espejo que
recoge todo lo raro que los demás rechazan.”
Poco antes de su jubilación, se
esforzó en escribir una enciclopedia de su fracaso a la hora de
descubrir el quid de lo raro, un compendio de su impotencia letrada
para elaborar su fórmula, largos tratados sobre los pasos dados
hasta el callejón sin salida con el que se encontró en ese dar
vueltas alrededor de lo raro, intuyendo, por fin, que lo raro es
impenetrable y que, como lo raro es lo real, no hay forma de hincarle
el diente valiéndose de las palabras, de la gramática, del álgebra
y de la física clásica.
Un día sus lecturas erráticas le
llevaron a enterarse de que la física cuántica se dedicaba
justamente a eso, a lo raro, a lo real, a lo que las convenciones de
la razón, ese ser amputado, habían eludido, y que sin esas
convenciones, lo raro nos descubría (!!!Lo raro descubre al
hombre!!!), nos arrancaba el “velo gramatical”- y tomaba la
delantera, lo cual ponía el ordenamiento tan largamente construido
patas arriba. Estuvo, entonces, tentado de leer un manual titulado
“Póngase al día en la Física Cuántica en dos semanas”. No lo
hizo, no sólo por decencia intelectual, sino porque, conociéndose
como se conocía, sabía que esa lectura le hubiera hecho darle y
darle a la sin hueso gramatical sin parar, en lugar de cortarse ese
órgano vibratorio de una vez por todas, que era lo que le ordenaba
la lógica radical de sus indagaciones:
Cortarse la lengua
Fue ese divagar de las palabras, ese
proceso que hace que el lenguaje se haga líquido como las aguas de
un río, que no sea estatua ni monumento neoclásico, que se confunde
con el discurrir de los sueños (ese tiempo y esa lengua que no
podemos decir sino sólo permitir que suceda, que nos suceda) lo que
le llevó a eso, a que cortarse la lengua era una manera precisa de
abordar lo raro. Entonces cayó en la cuenta de que siempre había
tenido problemas para hablar con fluidez, de ahí su admiración envidiosa,
cuando era niño, por los charlatanes que vendían peines en la plaza
mayor y su aversión, más tarde, por los que modulaban su voz para
convencer a los demás que estaban en el lado correcto de la
historia.
De manera que él siempre había sido
un tipo sospechoso porque siempre había, sin saberlo, despechado,
sospechando, recelando del lenguaje lenguajero como modo de
aproximarse a la realidad. Y, en esa onda, esbozó un guion
cinematográfico en el que los protagonistas eran una banda de
muñecos de guiñol medio tartajas que se enfrentaban a los locutores
y mitineros, unos psicópatas al servicio del imperio que ponía el
lenguaje junto las armas de fuego en los polvorines dialécticos.
Lenguaje y real era una dupla de armas
tomar. Ahí está la cuestión, se dijo en una rara euforia, otra
tarde de soledad.
“El lenguaje no desentraña lo real.
Lo real es impermeable a los flujos de lenguaje”
Uno de sus trabajos últimos consistió
en recapitular sus indagaciones juveniles sobre la metáfora. En un
principio consideró la metáfora como una operación que convertía el lenguaje (un órgano más cerca de dios que de los hombres”) en
algo estrictamente humano. Que hacía que el lenguaje pase de ser un código de signos a un flujo creativo que crea lo nuevo. La metáfora, pensaba, funda el humanismo. Por cuanto la
metáfora condensa un sentido luminoso, otro sentido ajeno a la
indiferencia mortífera de lo real. Un sentido nuevo lúcido, fundiéndolo,
condensándolo, con lo real mismo del lenguaje.
La metáfora, se decía, crea un
lenguaje a la altura de lo humano y permite hacer de él una mina
para la creatividad y, una vez que los humanos, ellos mismos, se
hacen metáfora, pueden amar, amarse.
Siempre pensó que el
lenguaje, cuando se entregaba a reducir a letra a lo real, a fórmula, en lugar de
crear metáforas que hacían posible interrogarlo, llevaba a la
sinrazón y al autoritarismo más cruel. Cuando las ecuaciones
pasaron de los símbolos a la fisión estalló la bomba. “Lo real
es radioactivo” escribió en un poema que apenas nadie recuerda
ya.
Y fueron estos trabajos sobre la
metáfora los que le condujeron a sus conclusiones finales que no son
sino un compendio moralizante, según V.N. (*) “un pastiche místico-kitsch”, que trata de decirnos como tenemos que conducirnos para que,
aun siguiendo inmersos en ese desencuentro beligerante y libidinoso entre lo real y el lenguaje, no acabemos locos o enrolados
en batallones de matarifes. Habló de la poesía como una resistencia
para burlarse del poder del lenguaje cuando éste aspira a ser una cosa más entre lo real. Habló de la poesía como un regreso a la caverna, al
aislamiento, al lugar donde ocurrió la resurrección de lázaro, a
la selva infinita donde puede encontrarse la paz y donde el vuelo de
los pájaros puede verse sin tapujos. Investigó sabre la física del
silencio y esbozó una mecánica de las partículas elementales en el
silencio absoluto, concepto que intentó matematizar cuando estaba al
borde de un misticismo absoluto que le hacía ensayar levitaciones,
ensayos que le costaron un sinfín de contusiones y de entusiasmados
vítores que le llegaban de extrañas voces interiores.
Sí, al final parecía un dulce
viejecito que se subía a las sillas para ensayar levitaciones mudas.
Habló de cine. Dijo “Sólo el cine
ha conseguido transformar un pedazo de carne en un rostro en el que
convergen nuestros deseos rescatados, revividos”
“El cine hace posible la metáfora,
que gramatiza la realidad y la hace imagen/palabra, narración y sueño”
El cine crea otra imagen distinta de
la imagen del espejo que funda el yo y el otro, la rivalidad, la
envidia. La imagen que crea el cine es la misma del sueño:
transforma lo real en una experiencia propia, apropiada a cada ser, íntima, desconocida y
a punto de ser revelada. Esa imagen nos acerca a lo real sin que nos
liquide definitivamente, sin que nos explote, aunque este real que siempre está nos
despierte del sueño y nos traiga de vuelta del paraíso o del infierno.
Y a partir de ahí, consideró que el
ser hablante no está en el conjunto de lo real. Si acaso, lo está
en los extremos de su existencia biológica, en la gestación y
cuando pasa a ser un cadáver.
Aunque el ser hablante siempre es habitado por lo real: ahí está lo sexual, cuando el cuerpo
se desancla lo más posible de la lengua y se exhibe como si fuera
sólo material, materia para el goce y no para la comprensión,
asistiendo a esa muerte transitoria del hablante, que vuelve a
resucitar entre gemidos renegando de la lengua materna y de todas
las lenguas.
El sujeto humano es lo real del cuerpo
metaforizado por el lenguaje: cuerpo pintado, maquillado, tatuado,
bautizado, escrito para no ser sólo materia, alzado, decía nuestro
hombre, al sin propósito de un más allá interminable.
El hombre en fuga de lo real. Errante y
apátrida, se llame como se llame, llamado por su nombre que la
lengua le otorga.
Nuestro hombre se mantuvo optimista,
después de todo. Concluía que lo real ya no amenaza con destruir
totalmente al que lo habita. Metaforizado, lo real se convierte en una
narración que nos traslada a otra parte, potencialmente nueva y
hasta feliz.
“La metáfora vence a lo real. Coloca
a lo real en un lugar donde su potencia es más previsible. Da una
tregua al humano, a menos en ese tramo de tiempo que se llama
esperanza de vida”.
Lo raro y el lenguaje. Al final, todo
es lenguaje y todo es raro.
El lenguaje no reduce lo raro, lo real,
a lo no raro, a lo no real.
Cada elemento de este par (palabra, real) permanece adosado al otro. El hablante no deja de interrogarse e
interrogar a lo real. Interrogar, capturar, aprender no es
reducir lo real a discurso. El discurso, en definitiva, sirve para
juntar a los humanos, para acariciarse, para darse calor en
medio del vendaval de lo real a donde hemos ido, uno a uno, a parar.
Nota
(*) De próxima aparición en V.N. “Lo
místico kitsch en el hombre que estudió lo raro”.
Por otra parte, debo
decir como responsable de VN, que he utilizado un escrito
que E.V.M. olvidó, cuando andaba más empeñado que nunca en
olvidarse de sí mismo, en un bar de la calle Robador que no era
sino un dosier sobre cómo tirarse de una silla y alcanzar
levitaciones que llegarían, en un proceso de refino, a ser mudas.
Cómo me hubiera gustado abrazar a mi amigo Enrique en esos trances,
sin duda iluminadores y de los que nunca nadie, ni él ni yo, hablaremos.