La
poesía menor es un pez casi ridículo que ningún pescador se
atrevería a mostrar.
O un desecho olvidado en las
aguas, un zapato viejo, una botella de plástico de la que unos
labios sublimes, o no, bebieron un día.
El
pescador no sabe más que lanzar la caña, y que el agua está ahí.
Y que las cosas acaban por morir en el agua, incluso de vivir en el
agua. Esconderse en ella, otra vez.
Sospecha
que las cosas que captura, pequeños peces con apenas nombre o
basuras de glorias pasadas, contienen el misterio y la fuerza que
hacen persistir al mundo en ser lo que es y lo que no es (1).
(1)El
poeta, menor siempre, puede ser representado como un pescador frente
a un río ciudadano sentado en una silla minúscula, ajeno a su
caña, descansada y algo trémula, leyendo una novela de Marcial
Lafuente Estefanía, procurando no mover bruscamente la cabeza por
miedo a que se le caiga el lapicero que guarda sobre su oreja, tan
sensible a las músicas, aunque nadie lo diría.