lunes, 20 de julio de 2020

UN ENSAYO SOBRE LA LUZ: UNA FAROLA

 


La luz no es humana. La distancia entre ella, la luz, y la humanidad es infinita, da miedo adentrase en esas distancias, por eso está ahí, siempre sorprendente, ignorante de la presencia o no de las gentes.
En los pueblos casi deshabitados la presencia de la luz no es una señal de lo que pronto va a ser obsoleto, innecesario. La luz, la farola, es la persistencia de lo que precede a las civilizaciones y perdura tras ellas.
El poema es un intento de establecer una conexión creíble, pero falsa, imposible, entre la luz y lo humano, una ficción, un arrebato poiético que quiere pasar desapercibido como los detectives de pacotilla para ver si cuela  y la gente se cree que lo mismo que hay cobradores de la luz, ésta y lo humano van de la mano.
 


Una farola



Tenaz en su abandono

se aparece la farola en la esquina vacía.

Si no fuera por ella

no habría noche,

y ni sombra ni luz

cuando el último durmiente cerrara los ojos.


La luz perdida vuela y,

junto al trino ya muerto de los pájaros,

hace la noche.

Las sombras se desnudan cada día en el negro,

y vuelven a ella.

Nadie la ve.

Es la esquina iluminada

la última mirada,

que se yergue recta,

fascinante,

perpendicular a lo que fue el horizonte,

perdida entre los mundos

a punto de

partir-

se.



                                                                              Larués, casi de noche.



1 comentario:

  1. Interesante reflexión, tan bien acompañada. La luz, diría san Agustín, y antes Aristóteles, es lo que no puede ser conocido porque es la fuente de todo conocimiento. Por la luz aparecen los conceptos, y no solo las cosas. Es fuente de inteligibilidad. Sí, la caverna, de oscuridad, de sombras, no sería si no llegara algo de luz. De ahí, también, que el eros sea deseo de luz.

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