La casa, el lugar, la patria son formas, imágenes imaginarias, de nombrar la materia rodante de la vida, lo que queda de verdad en cada uno, ese work in progress donde el nombre del autor aparece sobre todo lo demás.
La casa, el lugar, la patria son proyecciones de la mente habituada a la geografía y a las coordenadas cartesianas. La casa, el lugar, la patria son espacios bidimensionales. Manejando una x y una y, los administradores establecen variantes que no pasan de ser una hoja temblona donde se escribe el horror.
La materia de la vida tiene, por el contrario, infinitas dimensiones y por eso su tiempo tiende a lo eterno y el sentido es reemplazado por la verdad, que tiene tantos nombres como ignorancias: sentimiento, dolor, amor, soledad, alegría, solidaridad, palpitación son, entre otros, nombres posibles.
Nadie llega a la patria de nadie. Llega, eso sí, a la vida del otro, al empeño de su vida, a ese lugar de infinitas dimensiones. A no ser que sólo busque armarse hasta los dientes y permanecer en el espacio de las dos dimensiones, guerreando de una forma u otra contra los que han preferido estar ajenos a las insignias distintivas y militantes, contra los que se pierden en la maraña del vivir, de crear, de perderse en paz en tierra de nadie.
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