ACTO (*)
Apenas el amante hubo llegado a la puera del volcán,
ya quemándose mortal en puro fuego,
vió la torre de Londres sujeta a unas cadenas.
Unos hombres oscuros con collares de perro en el cuello
limpiaban uno a uno los eslabones.
El útimo y a casa, se dijeron.
Cuando, tras el éxtasis, devino hombre de nuevo
gritó el amado:
¿no dijiste que ya no hay puertas en el cielo?
(*)
El amor se cuela en cada una de las células de los que aman, de los que respiran. Se cuela a través de la piel y de las zonas erógenas. Y es ese amor quien debe luchar en cada rincón de las moléculas con la muerte que en el mismo cuerpo fué inoculada desde los principios.
Cuando ha vencido el amor todos auguran la felicidad.
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