1
Andaba sin andar
más que pasos eran pequeños vuelos sus pasos
saltitos de pájaro inadvertido
su pelo era un nido de cigüeñas ausentes
no tenía tierra que pisar
levantaba los brazos para tirar bombas de feria
que al caer hacían bum
bum
en el suelo de los justos
inofensivas como plumas de fuego cayendo al mar
eran chispas movedizas en el cielo negro
letras de luz urdiendo un libro que nadie leería
que mostrara la belleza que vivía
en el universo de sus ojos secretos
2
Por la mañana se vestía de poeta. Casi desnudo se iba hasta la sarda a refugiarse en el pajar que llevaba su nombre. Llegaba cansado, tenía que apoyarse en la pared para no caer. Allí era donde componía sus versos. Consumido, sólo conseguía sacar de sí una única sílaba, que se parecía al sonido de una gota de agua cayendo en la tierra seca. Conocedor de sus escasos recursos, hacía que esa sílaba, su último juguete, rebotase como una partícula elemental en un enjambre de espejos que la multiplicaban hasta componer una música que escuchaba como si viniese de otro lugar. Había días que en ella encontraba el misterioso llanto de un niño, que tal vez no lloraba sino que llamaba. Otras veces descubría unas fórmulas que se perdían en la sinrazón y que le parecían hermosas y desmesuradas. O esa música le hacía comprender porqué el silencio es una expresión de la verdad. Sonreía. Se creía satisfecho y miraba al vacío agradecido. Cuando ya todo había concluido cerraba la puerta resquebrajada en la que vivían, eternos, unos grillos minerales y emprendía el camino de vuelta. A los pocos pasos, puntualmente, se paraba para mirar como una bandada de pájaros salía de una oscura herida del pajar, un barullo de pájaros multiplicados que aún tenían rastros de barro original en sus alas pequeñas y marrones.
Noche y día, aire y gravidez, espíritu y cuerpo, se encuentran en esta historia que cuentas del poeta que no sabe vivir de otro modo. Prefiere vestirse de poeta a simular vidas que no le pertenecen. ¿Por qué es el poeta el elegido?
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