miércoles, 26 de febrero de 2025

INTERVALO

 








El intervalo que separaba lo que ella era y lo que veía fuera- bendito, gigantesco, de una inocencia consumada- era demasiado grande para que R. no se sintiera seriamente alarmada. Se dice que el intervalo es percepción, pero también es dolor, por lo que toda percepción es a la vez dolor” (Los demonios. Heimito von Doderer)


Uno


La realidad es. He aquí el hecho. Que el sujeto hablante, pensante, es una realidad, es (existe) en la realidad, jugándose su existencia en ella, separada de él mismo, es un hecho.. El sujeto humano está encapsulado dentro de la otra realidad (exterior) y, en consecuencia, está fuera de ella, porque, en efecto, entre uno y otra se extiende el intervalo.

El intervalo protege al sujeto. El intervalo hace posible que éste perciba lo que sea de la realidad, algo de la realidad. Hace que la realidad sea una cosa perceptible. Y lo perceptible se hace humano. La realidad se hace humana, en cuanto percibida por el sujeto humano, que es un sujeto pensante, es decir, parasitado por el pensamiento y, a partir de ahí, con la creencia de que puede entenderse con esa realidad.

El pensamiento deriva de la capacidad humana de percibir. El humano percibe que percibe, esto es, percibe que existe un intervalo entre él y la realidad. Puede acomodar sus ojos a la distancia mayor o menor que le separa de ella. Sus manos pueden sentir, pero también pueden no sentir, pueden tocar, percibir, y pueden apartarse de aquello que han tocado. Las manos, los ojos, se manejan en el intervalo.

El intervalo es la herida de la separación. Percibir es ahondar en esa herida. El exilio del humano es necesario, pues le libra de su aniquilación, inevitable si no existiera el intervalo. El sujeto humano ha sido parido como un ser pensante y, a pesar de ello, o por ello mismo, como un ser subordinado sujeto a ser siempre una posibilidad del olvido. Sólo puede estar seguro de que su destino es el olvido, que la realidad de la que procede, no sólo lo olvidaría, si ella fuera humana, sino que, como es otra cosa, nunca ha tenido en cuenta su existencia.

Percibir es saber. Saber de eso. Percibir es la base de lo humano, su alma, podríamos decir.

El alma que hace posible que el pintor pinte, que el jardinero componga jardines, que el matemático traduzca a ecuaciones eso que de la realidad contenga la física, u otras disciplinas que tienen que ver con la naturaleza.

Hace posible que todos esos creadores vivan en la realidad porque ésta ha sido nombrada, pintada, podada, traducida, que el humano se las vea, o eso espera, con una realidad que es ya una cosa a su medida, algo más asimilable, menos doloroso, una especie de suave almohada que conduce al sueño feliz. Y al conocimiento.

La realidad no piensa, no está sujeta a la lógica del intervalo. Si, como un autor de ciencia ficción, yo dijera que la realidad conoce el intervalo tras el cual un sujeto humano la escudriña, entonces, la realidad se sabría tan contingente y desgajada como se sabe ese ser humano. Y entonces podría ocurrir, siguiendo con la supuesta ficción, que la realidad considerase que ese ser que está tras el intervalo posee un poder especial, el de hablar, el de pensar, que lo hace un perfecto candidato para ser el dios que le falta a esa realidad, puesto que, fin de la ficción, a ella le faltaría algo.

El intervalo supone separación, esto es, que sólo existe la Unidad cuando la percepción hace creer al sujeto que él se funde con la realidad. Esto esto es una creencia, una ilusión óptica a lo sumo.

No existe la unidad. Como máximo existe la pareja yo/realidad. A partir de ahí, pueden sumarse todas las parejas yo/realidad que sean posibles. Tal innumerabilidad hace posible que un yo pueda no ser. Nada cambia si un yo no es. Nunca un yo acaba de existir del todo.

La Unidad, esa ilusión, lleva al sujeto a ser consciente de su existencia. La conciencia de la existencia del sujeto es consecuencia de la ilusión que es la Unidad (del sujeto y la realidad). Su existencia pende del hilo de la mirada (como paradigma de la percepción) .

El espacio entre ese ser (existir) y no ser (no existir) es donde habita el sujeto. Donde es capaz de crear y, a veces, el creador, ese yo hecho ahora fuerte, crea otros espacios no previstos en la lógica de las cosas. Y en ese salto revolucionario se funda lo que hay más allá de la existencia y la inexistencia.


Dos


Y está el amor, ese algo específico del sujeto habitado por el lenguaje.. El lenguaje, que se recrea en el intervalo que da vida a los significantes que lo construyen. La emoción, la vida, lo vivo que hay en ese margen, en esas pausas. Allí se construye la subjetividad, lo que es reacio a las máquinas, a lo previsto, a las órdenes.

Y el amor. Se puede hablar del amor y el intervalo de muchas formas. Tomo como muestra la película Toute une nuit, de Chantal Akerman, donde aparecen varias parejas de amantes casi furtivos, apariciones breves que muestran algo inconcreto, o lo inconcreto de esas relaciones, separadas por una pausa que podría ser infinita y que por eso la directora la corta brutalmente para que la aparición de una pareja borre a la anterior. La película termina con una secuencia de cuatro minutos y medio que muestra de repente una nueva pareja, una mujer y y un hombre, bailando, más bien abrazándose al compás de una canción melosa, L'amore perdonerá, cantada por Gino Lorenzi, un cantante que tiene toda la pinta de haber sido un artista maldito, bailando en un pasillo, en un lugar de paso, ni siquiera en una habitación, murmurando, mientras, unas palabras dichas en frases separadas por largas pausas y que se mezclan con los ruidos de coches y cláxones de la calle que ahí está, pero que no se ve. Este es el diálogo:


Él: ¿Porqué lo amas?

Baila conmigo

Ella: No lo sé

No sé si le amo

Hace mucho calor

Estoy cansada

Nunca había amado a nadie así

Por momentos hasta lo olvido

Tal vez sea por su boca

No, no es por su boca

Tal vez sea la manera de hablar o de mirar

Hace mucho calor

Hace mucho calor

Debí haberme ido de vacaciones

Qué música tan bonita

Nunca había querido así a nadie

Por momentos hasta lo olvido

Qué música tan bonita

Hace mucho calor

Su pelo

su mentón

Es demasiado para mi

No, no es por su boca

Debía haberme ido de vacaciones

Me llama todos los días

Nunca había querido a nadie así


Suena un teléfono. Entran en una habitación. Hay una cama y el teléfono que descuelga la mujer.

Los cláxones de la calle se hacen más patentes y siguen mezclándose con la música.

El hombre se recuesta en la cama. En silencio. Parece ajeno a lo que pueda decir la mujer. 

La mujer contesta la llamada, diciendo varias veces Sí.

Cuelga.

Ella y él se abrazan en la cama, recostándose.

Fin


Hermosa muestra del amor y el intervalo. Del amor humano.

¿Quién ama?, ¿a quien se ama?, ¿qué se ama?. Preguntas, palabras que remiten, a través del intervalo, a otro amante, a otro tiempo, a otro mismo amor. Que remiten al amor que es siempre otro, otro y alejado. Las manos de la amante solo pueden palparlo en el cuerpo de ese hombre, otro hombre, que la abraza, de ese otro que la interroga. El hombre y la mujer abrazan el amor, podríamos decir, un amor no ubicado pero que se revela en la aparición de los cuerpos que bailan. 

Las palabras están fundidas en los cuerpos que bailan y que se mezclan con las palabras de la canción, L'amore perdonerá.

El baile, el abrazo, recrea el ahora. Lo mismo que hecho plenamente sexual, el polvo, crea el ahora, el único presente que hay en el amor.

La fusión de los cuerpos, el abrazo, el baile, busca sin saber la unidad con el amado/a. Es el imposible, la locura del amor. El viaje sin consumación. Qué hermoso es viajar, no ver siquiera el destino, que no es sino un señuelo para levantar el ánimo.

Está la pausa, el intervalo. El amor remite a otro amor. Incluso a otro más allá del Edipo, mito que condensa el amor creado en la pérdida. Porque la madre edípica contiene todo lo ya perdido, es un cuerpo ya gastado, extenuado, seco y representa la unidad que lo simbólico, la ley, proporciona al cuerpo que siempre tiende al desgarro, a la segregación, a la fuga, a la muerte.

El amor va más allá de esa unidad supuesta, buscada, anhelada. El amor es la creación, la creatividad que revuelve las cosas. Hace que el humano se acerque a lo inhumano, a lo divino, podríamos decir, a lo que dictan las partículas elementales, desconocidas y rebeldes a toda razón impuesta.



                                                                                        Chantal Akerman





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