martes, 9 de abril de 2024

DESAJUSTES SOBRE EL LIBRE ALBEDRÍO

 

Circuito y libre albedrío. Agon/agon



La tecnología, y la ciencia cuando, encogiéndose, se identifica con ella, se proyecta en ella, sólo es capaz de producir lo que siempre ha estado allí.

Los circuitos que van de A a A' funcionan ajenos al libre albedrío. Éste exige desobediencia, posibilidad de desobedecer, y los circuitos son el significante princeps de esta obediencia, y de la eficacia.

El circuito cortocircuita la necesidad que la humanidad tiene de lo humano, del hombre y la mujer.

No existe lo otro en el circuito. El circuito funciona con una falsa lengua de signos que no significan nada porque son automatismos. Condición de la eficacia. No del silencio. El circuito no conoce el silencio, esa obra del lenguaje.

El circuito derroca a Dios y toma el poder de un poder supuestamente abatido.

Podemos conjeturar sobre lo que nunca ha estado allí. Dios es lo que nunca estuvo allí. Es el significante de la desobediencia, la premisa de lo que se llama libre albedrío. Lo que el circuito aniquila.

No hay que preocuparse por saber si el libre albedrío existe o no. Éste no es necesario en donde todo siempre estuvo allí.

Lo que funda la humanidad (no la masa, sino lo humano) es la posibilidad real de (desear) irse a ese otro sitio donde nunca nada ni nadie han estado allí.

Ese lugar por donde andan los dioses. Y sabemos que no es un lugar esotérico sino metafísico y real. Y existe, aunque fuera de sitio y tiempo, y se llama Inconsciente. Pura materia. Materia pura que no cesa de producir síntomas, el principal de los cuales se llama sujeto humano. Ese ser dividido: siempre ha estado allí/ siempre está por irse a donde nada ni nadie estuvieron allí.

Sin el inconsciente no habría metáfora, y el lenguaje no existiría, pues en su lugar sólo habría reproducción de un automatismo radicalmente autoritario.

No hay que confundir el libre albedrío con la posibilidad de elegir una opción entre otra, dada una disyuntiva que se presenta. Uno no elige entre A y B. Los circuitos por donde circula la eficacia no dudan, no eligen, saben por donde tirar, si por a o por B, y, aunque “se equivoquen” nunca fallan.

La única elección real es entre no elegir y elegir, poco importa A y B, nunca se llega a un punto donde la elección haya terminado su función. Pues, si se opta por elegir, la elección no termina nunca. El libre albedrío es un tiovivo conducido por un operario al que, como en la película de Hitchcock, le acaban de pegar un tiro y está caído de bruces sobre los mandos de la atracción de feria.

Ese hombrecillo caído en el centro del tiovivo que no para de girar es el significante de Dios como fundador del libre albedrío.

¿Es que nunca estuvo aquí la posibilidad de elegir elegir

Si la existencia del libre albedrío pudiera indagarse valiéndonos de la estadística, cabría decir que no existe, o que es una mera posibilidad que se acerca a 1 entre infinito. Pero la estadística aplicada a la conducta humana se ve influenciada por el deseo, esa cualidad que se resiste a los números y que es material, a diferencia de ellos.

Pero sí, el libre albedrío cuenta poco, si nos atenemos a la eficacia que aquí se exige. Es una consideración, en primer lugar teológica y, en segundo lugar ética. Pues sólo el temblor, el desasosiego, ante lo absoluto o ante la verdad, hacen que el sujeto humano salga de los circuitos eficaces y se vea en la necesidad de elegir, pues allí no hay completud que le asista.

Cuando no se sabe lo que se quiere decir cuando se dice algo (una manifestación, entre muchas otras, de la incompletud) hay conciencia de un saber asociado al decir y éste deja de ser un eslabón mecánico de un circuito de certezas. No saber lo que quiere decir lo que se dice abre las puertas a un nuevo saber: que lo que entonces se dice dice más de lo que quiere decir. Es entonces y allí cuando estamos al albur del libre albedrío, una libertad impulsada por algo que está fuera de lo que puede ser contado (contabilizado).

El libre albedrío se anda por las ramas a la busca de bosques nunca transitados. Esos incontables bosques que intuimos, a veces, con los ojos cerrados para no ver lo que mandan que veamos.

El libre albedrío no sirve para producir conductas sino para decir algo que, sin entenderse, ha costado eternidades, y sufrimientos solidarios de todos los hombres y mujeres, en ser trenzado, dicho, escrito.































2 comentarios:

  1. Muy buena reflexión. Que el el hombre sea medida de todas las cosas (siguiendo a Protágoras y todo ese intento de cortocircuitar lo inconmensurable) no significa que lo real (lo absolutamente otro, que diría Lévinas) esté hecho a medida del ojo humano. Pero precisamente porque hay este claro desajuste entre lo revelado y lo que ve, puede (el humano, el libre, el desencadenado) transitar "hacia donde nunca nada ni nadie ha estado allí". El deseo se despierta solo allí donde hay verdadera consciencia, no la consciencia que registra, computa, sino la que separa, sorprende, esconde, pero al mismo tiempo genera, camina, transita hacia lo no transitado (ej, Génesis)

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  2. Gracias por tu comentario, que extiende mi entrada más allá de mis posibilidades. Transitar, en efecto, es una palabra clave, abierta y por escribirla.

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