Es la segunda vez que recuerdo haber soñado con Pedro Sánchez.
Otra vez en el agua. Pedro Sánchez es un pez globoso, un barbo, según el saber que me dicta el sueño. Por la boca excreta un hilo de un barro de color del cobre, que, en el agua, permanecía en forma de hélices cabriolísticas. Por detrás expulsa un rótulo que dice “estas palabras son barro”. La escena me parece grata y apacible. De repente, observo una escama brillante que destaca entre las otras de ese pez que parece agrandarse imperceptiblemente. Al ver esa escama, algo me dice que el final va a suceder, un final catastrófico, un hundimiento, un cometa desatado de muerte o locura. Estoy horrorizado y me fugo al despertar. Sin despertar, sigo soñando que he despertado, que me consuelo diciéndome que lo anterior sólo ha sido una pesadilla. Me sosiego. Junto a mi está Pedro Sánchez en persona. Lo miro. Observo que tiene una cicatriz que le atraviesa la cara. Parece muy joven, inseguro, no dice nada. Lo miro con cierta compasión y lo que veo es un muchacho solitario y dejado de la mano de dios. No sé como sigue el sueño y cuando despierto, ahora ya de verdad, anoto lo que recuerdo.
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