martes, 13 de enero de 2026

EL SOSPECHOSO. EL HOMBRE HERIDO POR LO RARO

 



El sospechoso



Era un caso extraño. Si bien pasó por todas las pruebas de acceso a lo social, superó los exámenes de grado, le tomaron las huellas cuando obtuvo su primer carnet de identidad, acabó sus estudios superiores y lo licenciaron sin más problemas cuando terminó su servicio militar, todo el mundo, aun sin tener plena conciencia de ello, sabía que era un tipo raro. Incluso él mismo intuía lo raro que habitaba y cada vez que el médico le ordenaba un análisis de sangre, tenía la sospecha de que iban a encontrarle en el centro líquido de su ser algún elemento desconocido que descubriera el pastel de su rareza.

Profesionalmente era un hombre entregado en cuerpo y alma a investigar lo extraño en lo cotidiano, la excepción en la vulgaridad, el silencio en las voces alzadas, la locura en las caricias, en los telediarios. Lo extraño de la vida le interesaba y se le daba bien, aunque nunca llegara ni siquiera a oler algo del auténtico guiso de lo realmente raro.

Ese hombre raro buscaba lo raro y lo raro se le resistía inexorablemente.

Pasaron muchas años antes de que redactara su primera tesis sobre lo raro y lo extraño en el mundo cotidiano, donde defendió la idea de que lo real es lo raro. “Raro es lo que, tras ser definido con los conceptos racionales impecablemente aplicados, mantiene un algo que le hace sospechoso a los que lo han definido”, escribió. Lo raro, decía, es que una piedra sea una piedra. La piedra muestra con su extraño idioma, el idioma de las piedras del que todavía no tenemos ni idea, la rareza absoluta que es ser una piedra. “La piedra, como ejemplo de lo real, es lo raro en la indiferencia.” Lo que no sabemos resulta raro, sospechoso.

El caso es que nadie se interesó por su trabajo, nadie lo leyó siquiera y al cabo de dos meses de su publicación, la editorial liquidó los pocos volúmenes que componían la edición y poco a poco se fueron disolviendo en la anomia por algún almacén de los últimos traperos que pululan por la vida. Sus allegados, a partir de este acontecimiento, empezaron a confundir su rareza con el supuesto desengaño sufrido por su fracaso editorial e intelectual y una cierta compasión los acercó al que suponían un fracasado, quien, mire usted por dónde, supo disfrutar de esa proximidad ganada con el epitafio de lo victimario. Pero eso fue, como es de suponer, un consuelo pasajero, engañadizo destinado a la disolución. De manera que pronto fue el raro de siempre y la soledad volvió a corroerle sus huesos a pesar de que su trabajo continuaba y de que, con frecuencia, era llamado para que resolviera los conflictos del sentido común con ciertos bucles de extrañeza que se enredaban alrededor.

Es verdad, se dijo un día a sí mismo en una tarde de soledad, que yo resulto raro no porque sea más raro que los demás, sino porque no puedo engañarme creyendo que el mundo y lo raro son cosas distintas, que eso sea una anécdota que pueda ser escondida en un pie de página.

Así que, siguió diciéndose, ya casi al borde de la flatulencia dialéctica, “yo soy el espejo que recoge todo lo raro que los demás rechazan.”


Poco antes de su jubilación, se esforzó en escribir una enciclopedia de su fracaso a la hora de descubrir el quid de lo raro, un compendio de su impotencia letrada para elaborar su fórmula, largos tratados sobre los pasos dados hasta el callejón sin salida con el que se encontró en ese dar vueltas alrededor de lo raro, intuyendo, por fin, que lo raro es impenetrable y que, como lo raro es lo real, no hay forma de hincarle el diente valiéndose de las palabras, de la gramática, del álgebra y de la física clásica.

Un día sus lecturas erráticas le llevaron a enterarse de que la física cuántica se dedicaba justamente a eso, a lo raro, a lo real, a lo que las convenciones de la razón, ese ser amputado, habían eludido, y que sin esas convenciones, lo raro nos descubría (!!!Lo raro descubre al hombre!!!), nos arrancaba el “velo gramatical”- y tomaba la delantera, lo cual ponía el ordenamiento tan largamente construido patas arriba. Estuvo, entonces, tentado de leer un manual titulado “Póngase al día en la Física Cuántica en dos semanas”. No lo hizo, no sólo por decencia intelectual, sino porque, conociéndose como se conocía, sabía que esa lectura le hubiera hecho darle y darle a la sin hueso gramatical sin parar, en lugar de cortarse ese órgano vibratorio de una vez por todas, que era lo que le ordenaba la lógica radical de sus indagaciones:

Cortarse la lengua

Fue ese divagar de las palabras, ese proceso que hace que el lenguaje se haga líquido como las aguas de un río, que no sea estatua ni monumento neoclásico, que se confunde con el discurrir de los sueños (ese tiempo y esa lengua que no podemos decir sino sólo permitir que suceda, que nos suceda) lo que le llevó a eso, a que cortarse la lengua era una manera precisa de abordar lo raro. Entonces cayó en la cuenta de que siempre había tenido problemas para hablar con fluidez, de ahí su admiración envidiosa, cuando era niño, por los charlatanes que vendían peines en la plaza mayor y su aversión, más tarde, por los que modulaban su voz para convencer a los demás que estaban en el lado correcto de la historia.

De manera que él siempre había sido un tipo sospechoso porque siempre había, sin saberlo, despechado, sospechando, recelando del lenguaje lenguajero como modo de aproximarse a la realidad. Y, en esa onda, esbozó un guion cinematográfico en el que los protagonistas eran una banda de muñecos de guiñol medio tartajas que se enfrentaban a los locutores y mitineros, unos psicópatas al servicio del imperio que ponía el lenguaje junto las armas de fuego en los polvorines dialécticos.

Lenguaje y real era una dupla de armas tomar. Ahí está la cuestión, se dijo en una rara euforia, otra tarde de soledad.

“El lenguaje no desentraña lo real. Lo real es impermeable a los flujos de lenguaje”


Uno de sus trabajos últimos consistió en recapitular sus indagaciones juveniles sobre la metáfora. En un principio consideró la metáfora como una operación que convertía el lenguaje (un órgano más cerca de dios que de los hombres”) en algo estrictamente humano. Que hacía que el lenguaje pase de ser un código de signos a un flujo creativo que crea lo nuevo. La metáfora, pensaba, funda el humanismo. Por cuanto la metáfora condensa un sentido luminoso, otro sentido ajeno a la indiferencia mortífera de lo real. Un sentido nuevo lúcido, fundiéndolo, condensándolo, con lo real mismo del lenguaje.

La metáfora, se decía, crea un lenguaje a la altura de lo humano y permite hacer de él una mina para la creatividad y, una vez que los humanos, ellos mismos, se hacen metáfora, pueden amar, amarse.

Siempre pensó que el lenguaje, cuando se entregaba  a reducir a letra a lo real, a fórmula, en lugar de crear metáforas que hacían posible interrogarlo, llevaba a la sinrazón y al autoritarismo más cruel. Cuando las ecuaciones pasaron de los símbolos a la fisión estalló la bomba. “Lo real es radioactivo” escribió en un poema que apenas nadie recuerda ya.

Y fueron estos trabajos sobre la metáfora los que le condujeron a sus conclusiones finales que no son sino un compendio moralizante, según V.N. (*) “un pastiche místico-kitsch”, que trata de decirnos como tenemos que conducirnos para que, aun siguiendo inmersos en ese desencuentro beligerante y libidinoso entre lo real y el lenguaje, no acabemos locos o enrolados en batallones de matarifes. Habló de la poesía como una resistencia para burlarse del poder del lenguaje cuando éste aspira a ser una cosa más entre lo real. Habló de la poesía como un regreso a la caverna, al aislamiento, al lugar donde ocurrió la resurrección de lázaro, a la selva infinita donde puede encontrarse la paz y donde el vuelo de los pájaros puede verse sin tapujos. Investigó sabre la física del silencio y esbozó una mecánica de las partículas elementales en el silencio absoluto, concepto que intentó matematizar cuando estaba al borde de un misticismo absoluto que le hacía ensayar levitaciones, ensayos que le costaron un sinfín de contusiones y de entusiasmados vítores que le llegaban de extrañas voces interiores.

Sí, al final parecía un dulce viejecito que se subía a las sillas para ensayar levitaciones mudas.

Habló de cine. Dijo “Sólo el cine ha conseguido transformar un pedazo de carne en un rostro en el que convergen nuestros deseos rescatados, revividos”

“El cine hace posible la metáfora, que gramatiza la realidad y la hace imagen/palabra, narración y sueño”

El cine crea otra imagen distinta de la imagen del espejo que funda el yo y el otro, la rivalidad, la envidia. La imagen que crea el cine es la misma del sueño: transforma lo real en una experiencia propia, apropiada a cada ser, íntima, desconocida y a punto de ser revelada. Esa imagen nos acerca a lo real sin que nos liquide definitivamente, sin que nos explote, aunque este real que siempre está nos despierte del sueño y nos traiga de vuelta del paraíso o del infierno.

Y a partir de ahí, consideró que el ser hablante no está en el conjunto de lo real. Si acaso, lo está en los extremos de su existencia biológica, en la gestación y cuando pasa a ser un cadáver. 

Aunque el ser hablante siempre es habitado por lo real: ahí está lo sexual, cuando el cuerpo se desancla lo más posible de la lengua y se exhibe como si fuera sólo material, materia para el goce y no para la comprensión, asistiendo a esa muerte transitoria del hablante, que vuelve a resucitar entre gemidos renegando de la lengua materna y de todas las lenguas.

El sujeto humano es lo real del cuerpo metaforizado por el lenguaje: cuerpo pintado, maquillado, tatuado, bautizado, escrito para no ser sólo materia, alzado, decía nuestro hombre, al sin propósito de un más allá interminable.

El hombre en fuga de lo real. Errante y apátrida, se llame como se llame, llamado por su nombre que la lengua le otorga.

Nuestro hombre se mantuvo optimista, después de todo. Concluía que lo real ya no amenaza con destruir totalmente al que lo habita. Metaforizado, lo real se convierte en una narración que nos traslada a otra parte, potencialmente nueva y hasta feliz.

“La metáfora vence a lo real. Coloca a lo real en un lugar donde su potencia es más previsible. Da una tregua al humano, a menos en ese tramo de tiempo que se llama esperanza de vida”.

Lo raro y el lenguaje. Al final, todo es lenguaje y todo es raro.

El lenguaje no reduce lo raro, lo real, a lo no raro, a lo no real.

Cada elemento de este par (palabra, real) permanece adosado al otro. El hablante no deja de interrogarse e interrogar a lo real. Interrogar, capturar, aprender no es reducir lo real a discurso. El discurso, en definitiva, sirve para juntar a los humanos, para acariciarse, para darse calor en medio del vendaval de lo real a donde hemos ido, uno a uno, a parar.



Nota

(*) De próxima aparición en V.N. “Lo místico kitsch en el hombre que estudió lo raro”.

Por otra parte, debo decir como responsable de VN, que he utilizado un escrito que E.V.M. olvidó, cuando andaba más empeñado que nunca en olvidarse de sí mismo, en un bar de la calle Robador que no era sino un dosier sobre cómo tirarse de una silla y alcanzar levitaciones que llegarían, en un proceso de refino, a ser mudas. Cómo me hubiera gustado abrazar a mi amigo Enrique en esos trances, sin duda iluminadores y de los que nunca nadie, ni él ni yo, hablaremos.

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