
Un
30 de diciembre, posiblemente el de 1723, J.S.B. reunió a sus hijos
y a su esposa en el salón de su casa, les fue llamando uno a uno. No
traigáis los instrumentos, les dijo, y una vez todos en torno a él,
se subió a una silla, nunca había sido proclive a lo estentóreo, a
lo teatral, levantó las manos y dejó dicho que cualquier día iba a
ascender a los cielos de donde nunca ya más iba a volver
Sin
alas, apenas las manos meciéndose,
diciendo
al aire gracias, subiendo,
yéndose
tan despacio que no se iba del todo,
diciendo
adiós con sus pies casi borrosos de tan altos ya,
adiós,
adiós decía todo él, su cuerpo adiós decía,
se
iba y nunca volvería, ya nadie me dejará de su mano, decía,
sufrid,
sufrid, llevad a buen puerto vuestro dolor cada uno como pueda,
esperad
un vuelo último que os saque del infierno,
amad, pero con pasión, hasta desaparecer en el desprecio, si fuera necesario,
mirad los pájaros y las nubes en su
respectivos vuelos,
levantad
las manos, arad en la tierra y recoged los frutos que luego
aventareis para que nadie los coma en vano
y no sintáis piedad por
el tirano, aunque la sangre os llame y busquéis amarlo en un oscuro sueño,
secad
las lágrimas de los niños,
abrigaos
en las noches, tomad el sol por la mañana abandonándoos a todo,
dejad lo vuestro desordenado para que el ansia se sacie cuando nada
quede,
adiós,
adiós mi vuelo final no va a tener fin,
os dejo el silencio, buscad en sus recodos la música que aún respire.