He olvidado totalmente el tiempo en que tuve que sentir los diástoles y las sístoles del corazón de mi madre, cuando debí estar en ella. Mi memoria no guarda rastro de aquello y esto me da que pensar, porque, sin embargo, recuerdo de una forma mitológica, como si fuese presente y futuro, cuando crecía en la soledad del sol, expuesto a la luz y a la distancia allí, en una terraza de un barrio pobre de la Barcelona ulterior.
Tal vez mis células no sean células de carne y de sangre, sino de aire, que huele a sábanas lavadas entre la lejía y unas lágrimas tan adentradas que debieron hacer laberintos subterráneos en el cuerpo y en el corazón de mi madre. Como cualquiera, sé que estoy expuesto al recuerdo borrado, a su aparición, a la catástrofe de la totalidad, a la revelación. Recordar incluso lo borrado, incluso lo no vivido del todo, es el milagro que nos convertiría en un vino imposible, cuando sólo somos agua caída de la canaleta de nuestra casa cuando apenas éramos un nombre escrito para ser olvidado.
Veo ahora mismo un árbol que muestra sus raíces desvestidas al aire, porque ese árbol debe de nutrirse del aire y de lo que por lástima, o por amor, van dejando los hombres y mujeres de aquello que les sobra o les falta, mientras la vida rula alrededor de un eje imaginario, que imagino como una columna de color púrpura.
Muchas veces he trazado en el vaho de los cristales del invierno un dibujo que pretendía ser la imagen de la estructura íntima del mundo en el que vivo, y recuerdo cómo me llevaba, después, el dedo a mi boca y refrescaba un calor extraño que me perturbaba, de manera que encontraba un alivio placentero en el agua fría que brotaba de aquel dibujo filosófico y poético. Sin duda, con todas estas actividades, que son infinitas e inenarrables, pues todo lo real es una cosa y otra, he pretendido, y lo sigo haciendo, bordear esa amnesia de lo que debió ser el destino de todo.
Daría todo por saber porqué lloraba mi madre. Ese es el título de un cuento que estoy escribiendo y que no encuentro por ninguna parte, que, a lo mejor, es el resto de un sueño en el que aparezco escribiendo un cuento para responder a la pregunta de porqué lloraba mi madre. Esto viene al caso porque está relacionado, con toda certeza, con la amnesia de cuando un niño, ya deseante, se ingurgitaba de gusto en las tripas de su mamá, tan joven y orgullosa.
Somos seres olvidadizos, saltarines, canturreadores, ridículos a espalda de los espejos, self-estúpidos, castrados definitivamente, y las raíces desnudas de aquel árbol que vive de las migajas del aire son los falos múltiples que no existen, pero que marcan, como el dedo de San Juan, la dirección exacta del deseo, que dibuja los laberintos por donde buscaremos perdernos.
Si vivir es perderse es porque sólo perdiéndose se puede encontrar la pista del recuerdo perdido, es decir, la fuerza del vivir. Ese recuerdo, que solo está en el conjunto de las cosas perdidas, es el espacio en blanco por donde mis vías nerviosa escarban para conectarse con los otros, desconectados y suburbiales, componiendo brutalmente unos poemas inacabables, tontos y menos tontos como decires.
No recuerdo nada de aquella primera estancia en el mundo de lo vivo, y eso puede significar que fui obligado a estar en otro sitio, en la luz del sol de la terraza donde empezaría, sin duda, a tejer las primeras incongruencias que luego llamaría palabras. La amnesia, ese respiradero, es una ventana necesaria por la que salir y entrar de lo sólido de la sinrazón y banalidad. Es la sábana blanca donde veo las películas emocionantes que dan cuenta de este mundo. Es la ventana indiscreta por la que los desplazados, los cojos de corazón, se creen protagonistas al ver palpitar a los otros que, en la distancia, parecen verdaderos. Es la cortina rasgada por donde se cuela la oscuridad y la luz, formando sombras que tantas veces nos han interpelado para que les demos un sentido.
Padezco del peso del sentido, esa es la condena que se me puso después de la expulsión, cargar con el sentido, no poder ser nunca un poeta, ni siquiera un poeta menor, cargar con el sentido que obliga a creer que las piedras son sólo piedras y que el aire es sólo aire. Así que me conformo con lanzar cohetes de una trilita de feria a ese espacio abierto de la amnesia, a ver si con la suerte del azar y los desechos que encuentro en el camino se forman en el aire unas palabras de humo, aunque solo digan que dicen querer decir.
Como dijera John Ford, hay que escribir en la leyenda. En el terreno incierto de un no saber que busca la belleza y el bien. Así, ese recuerdo borrado lo reconstruyo en la leyenda, en el espacio vacío y soleado, no sé a que distancia del cuerpo de mi madre, en el que sigo, aunque sólo sea para dar cuenta de su in(tima)/existencia, de su pulsación
Muy interesante, especialmente en lo que dices: "padezco del peso del sentido, esa es la condena que se me puso después de la expulsión, cargar con el sentido, no poder ser nunca un poeta, ni siquiera un poeta menor, cargaron el sentido que obliga a creer que las piedras son solo piedras y que el aire es solo aire". El sentido es un peso que se padece, es padecimiento, por lo mismo que habías concluido en un escrito anterior que el lenguaje es síntoma. Por el sentido, siempre pesado, los ojos nos son vendados, y dependerá de la gravedad del peso que veamos más o menos a trasluz de la sábana blanca. Y así, con raíces áreas, como esas plantas que se alimentan de los depósitos del aire y del capricho del azar, es como avanza, también, el campesino de Kafka que llega hasta el guardián que custodia la ley. Y que le es inaccesible, al menos de primeras, también porque carga, como en tu recuerdo de la escena, el sentido de las cosas. El campesino pide pasar al guardián, y este le contesta que eso no es posible. "¿Y más tarde?", pregunta el campesino. "Más tarde, quizá", responde el guardián. Y cuando el campesino intenta asomarse por la puerta entreabierta, el guardián le advierte que, aunque pudiera atravesar la primera, cosa un tanto descabellada, hay más puertas y salas, cada una de ellas custodiada por un guardián si cabe más temible que el anterior. Y este es el final de la historia, porque al escuchar y entender eso, el campesino se aposenta y fallece de espera y aburrimiento. Y perece porque, como en tu escrito, también padece la carga del sentido. ¿O no fueron sólo las palabras lo que paralizaron el paso del campesino? "Puertas que se cierran", "guardianes que guardan", "aún más temibles que los anteriores", bastaron para frenar el paso de quien sólo quería ver de verdad. Y es que lo único que hace que el campesino no atraviese la puerta de la ley son las palabras del guardián, teñidas de sentido, de claridad. El campesino convierte las palabras del guardián en ley.
ResponderEliminarY es que el sentido -como el lenguaje- también nos protege de lo que nunca nos atrevimos a ver. Dice Alejandro Gándara (Los textos robados a la felicidad) que, en realidad, en este cuento no había ningún guardián. "Es la historia de un campesino que llega ante la ley, pero no se atreve a penetrar en ella, en lo que la ley es en verdad, en lo que significa, porque tal vez, entonces, tendría que desafiarla. Sabe que si llega ese momento nunca encontrará el valor que necesita. Así que sueña con un guardián que se lo impide, y pasa años hablando con el guardián en sus sueños".
A veces preferimos quedarnos a cubierto de la sábana, pudiendo comunicarnos con quienes siguen viendo sombras a trasluz, que cerrar los ojos para despertar de nuestra amnesia, que es, quizá, la de todos.
Con un abrazo,
David